martes, 7 de abril de 2009

El 612

Avanzó mientras pasaba la mano por los lomos de los libros. En aquella habitación olía exclusivamente a papel. El ruido no existía y las palabras tenían prohibida la entrada si no era por escrito. Los pasos desaparecían sobre la moqueta. Un ventanal, desde el suelo hasta el techo, velado por dos visillos que arrastraban sus faldones, dejaba entrar una luz sedosa. El escritorio, de oscura y maciza madera, gozaba del privilegio de ser el centro exacto de la sala. Se trataba de una habitación circular, repleta de estanterías perfectamente acopladas a las curvas de sus paredes. Respiró profundamente y miró el reloj: las cinco. Aquella sala era el lugar donde podía vivirse como él pensaba que debía hacerse: en voz baja.

Se detuvo entre los dos visillos y apartó uno de ellos como si de un telón de teatro se tratara. Desde allí observaba el horrible espectáculo que normalmente ocultaba: un coche rojo pasó a toda prisa tocando el claxon mientras hacía una brusca maniobra para no atropellar un perro que se había introducido en la calzada, el perro ladraba enloquecido y otros tres coches comenzaron a pitar mientras intentaban esquivar al primero. Dos transeúntes con maletín y corbata andaban con paso acelerado, uno de ellos pisó un charco que al llegar a casa le habría estropeado su carísimo zapato de diseño. Si había pájaros no se les oía.

Entonces, puntual como siempre, el autobús de la línea 612 se detuvo bajo su ventana: un gran ladrillo rojo sobre el gris cemento del asfalto. Y también como siempre, bajó apresuradamente aquella mujer de media melena rubia, odiosa tan solo por su forma de moverse. Allí estaba ella, con su traje pantalón blanco y hablando por el teléfono móvil. Siempre a la misma hora. Siempre haciendo lo mismo. La perdía de vista cuando entraba en el portal del edificio, bajo su ventana.

Apartó su mano y el visillo volvió a caer hasta su posición original. Miró alrededor y suspiró como quien ha salvado la vida en el último instante. A esa hora la luz incidía sobre la mesa de una manera especial, acariciándola, con un color lechoso y blando. Era el mejor momento para elegir un para subir por la escalera de caracol que estaba al otro lado de la sala y elegir uno de los libros entre los lomos de diferentes formatos. Ascender aquella escalera de metal que parecía impulsarle hacia arriba en cada uno de sus giros. Elegiría un libro y se sentaría a leer toda la tarde. Después anochecería y se retiraría pronto a la cama.

Al día siguiente, sus paso ensordecidos por la moqueta volvieron a llevarlo frente a los visillos, que se apartaban para mostrarle el horror. Apenas había diferencias entre uno y otro día. Parecía que alguien había hecho un pacto con aquel perro que trataba de chocar contra los coches, que los dos hombres de maletín y corbata esperan tras la esquina para ponerse en marcha en cuanto él se asomara. Y que si no estuviera mirando, el autobús de la línea 612 no se detendría bajo su ventana. Ella volvió a bajarse del autobús, con prisas. Pero esta vez se detuvo, tan solo un instante, y miró hacia arriba, hacia aquella ventana con visillos. Él se apartó de la cristalera de un salto, sin pensar por qué lo hacía. Por la rendija que dejaban las dos cortinillas vio cómo arrancaba el autobús que, repentinamente, le pareció una gigantesca caja de bombones.

Esa tarde subió por la escalera de caracol y buscó entre los lomos de los libros, pero ninguno parecía prometer lo que estaba buscando. Cuando la luz se había marchado del escritorio, él todavía no había elegido ninguna lectura. Esa noche se acostó pronto, pero se durmió tarde.

Las cinco. El reloj perfecto, que nunca daba campanadas, apuntaba la hora con manecillas rígidas. El telón se abrió de nuevo. Ladridos, un claxon y zapatos de diseño estropeados. Después, el 612 que se acercaba con un trotecillo curioso. Se detuvo bajo la ventana y ella se bajó a toda prisa. Pero no siguió adelante. Se detuvo y giró sobre sus talones. Cruzó la carretera y entró en un parquecillo lleno de césped y árboles bajos. Él nunca se había dado cuenta de que allí había un parque. El gris de la acera contrastaba con aquel verde brillante sobre el que ella era un borrón blanco. Justo el momento antes de apartarse de la ventana vio que alzaba su mano derecha, como si saludara a alguien que todavía se encontraba lejos.

La escalera de caracol le pareció una amalgama de hierros retorcidos y chirriantes. Subirla fue realmente complicado, las vueltas le marearon. Entonces miró la moqueta desde la altura, de un color pardo apagado. Y pensó que sería imposible encontrarse con alguien como aquella mujer en un lugar con aquel color de fondo. Fue incapaz de imaginar cómo sería ser esa persona que llegaba tarde y ella había saludado.

Al día siguiente no sabía desde qué hora estaba frente a la ventana. Observando el parque rodeado de setos que a ella le llegarían por la cintura. En uno de los árboles había tres pájaros. Cuando el pequeños y gracioso autobús llegó contoneándose, él estaba a punto de rasgar las cortinillas de impaciencia. Ella se bajó y echo a andar hacia el portal. Pero sus pasos no eran firmes, no estaban guiados únicamente hacia su destino, sino que había otra intención en ellos. El perro que esquivaban los coches ladraba alegremente a un niño que, desde el parque, le lanzaba una pelota. Ella se detuvo debajo de la ventana. Se giró a su derecha, se inclinó ligeramente y cogió una flor. Él se quedó paralizado ante el intenso amarillo que flotaba como un nenúfar sobre su mano.

− Hay flores − dijo inconscientemente en un susurro.

Cuando abandonó la sala no sabía qué hora era, ni qué tipo de luz daba sobre el escritorio, ni qué libro hubiera cogido para leer esa tarde. Salió pisando la moqueta con fuerza, tratando de que sus pisadas hicieran ruido, como si se tratara de las hojas secas de un bosque en otoño.

Otro día no necesitó siquiera imaginar qué hora sería. Sintió la llamada al oír al perro ladrar fuera. Pasó directamente, esquivando el escritorio y sin tocar aquellos libros llenos de polvo, desde la puerta hasta la ventana. Y el pequeño y amable 612 no faltó a su cita. Como tampoco faltó ella, que se movía entre el parque y las flores, que pisaba sobre la carretera y la acera, que esquivaba a los dos hombres de maletín y corbata, que hacía cantar a los pájaros.

Sentía una extraña alegría ante aquel circo. Un ímpetu que nacía desde su vientre y algo más abajo. Sentía ganas de gritar, de acabar con aquel imperio de papel y moqueta en el que vivía. Jamás podría imaginar una cita con ella sobre aquellos colores de fondo. Entonces se sintió atrapado, como si se encontrara aislado, fuera de la realidad, del mundo, de la vida. Había que gritar, vivir con la voz en el cuello, pintar un cuadro y dejar las palabras a un lado. Necesitaba amarillo, verde, blanco, la alegría de las voces y los pájaros. Ella vendría a su paisaje, a su cuadro. Entonces se giró y vio el destino de todos aquellos paquetes polvorientos de hojas amarillentas, de aquella mesa de madera oscura y maciza, de la tupida moqueta y la retorcida escalera infinita.

Corrió hacia aquellas viejas baldas y agarró con sus manos todos los libros que pudo. Después fue apilándolos sobre la escalera hasta que únicamente pareció una espiral de libros. Luego fue hasta el escritorio y lo empujó hasta dejarlo contra la escalera empapelada. Abrió un cajón y sacó una caja de cerillas. Las chispas del fósforo contra la lija saltaron con destellos amarillos, verdes, blancos... fuera cantaban los pájaros.

Ella acudiría, la cita sería perfecta. Su cuadro estaba listo.


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domingo, 5 de abril de 2009

Lucidez

Se levantó de la silla con un quejido. Avanzó por la habitación, completamente vacía. Arrastró los pies hasta la ventana y se detuvo ante ella. Llovía. En el cristal se vislumbraban los contornos de su rostro. Él miraba a través de aquella figura. Observaba la ciudad: edificios, columnas oscuras más allá de la lluvia. Comenzaba a oscurecer y las farolas se encendían. Desde allí arriba no podía ver personas, sino las esferas ligeramente estrelladas de los paraguas.

Miró el reloj. Eran las siete y media. Suspiró y se apartó de la ventana. El cielo era rugoso y gris como la piel de un elefante. Con pasos lentos y cansados volvió hasta aquella silla de madera y mimbre, en el centro exacto de una habitación completamente vacía. Se sentó y, sin darse cuenta, se quedó dormido con la cabeza sobre su hombro izquierdo.

Le despertó el timbre del telefonillo que alguien tocaba insistentemente. Sin desperezarse avanzó hasta el auricular y lo descolgó:

- ¿Sí? - Preguntó arrastrando por la lengua todas letras.

- Abre, soy yo - respondieron con voz metálica.

- Llegas tarde.

- Lo sé, soy yo el que llego.

- Habíamos quedado a…

- ¿Quieres abrir? - Le interrumpió el otro.- Aquí abajo está lloviendo a mares.

- Sí - respondió mecánicamente mientras accionaba el botón de apertura.

A través del telefonillo pudo escuchar pasos y la puerta que se cerraba tras su interlocutor. Permaneció inmóvil, a la espera, hasta que oyó la siguiente puerta que les separaba, la del ascensor. Aunque esperados, los tres golpes secos en la puerta que sirvieron de llamada lo sobresaltaron. Abrió.

- ¿Se puede saber qué es esto? - le increpó el otro nada más aparecer. En su mano llevaba un papel perfectamente doblado por la mitad.

Bajó la cabeza y dio media vuelta, dejando la puerta abierta.

- ¡Eh! ¡Fernando! Te estoy hablando - le llamó el otro desde el umbral.

Pero no le hizo caso. Siguió caminando hacia el interior de la habitación, cabizbajo, en silencio, dándole la espalda. Ante aquella situación, el otro decidió entrar y cerrar la puerta tras de sí. Miró entonces hacia las paredes de la casa, al techo, hacia las puertas entreabiertas de las demás habitaciones.

- Fernando ¿qué has hecho con todo?

Pero Fernando se había sentado nuevamente en la silla de madera y mimbre, de espaldas a él.

- Lo vendí. Lo he vendido todo, incluso el piso - oyó que le respondía sin volverse.- Y lo que no pude vender lo regalé.

Fuera seguía lloviendo.

- Y esto qué es ¿otra de tantas? - volvió a insistir el otro mientras alzaba nuevamente el papel.

- No, Carlos, esta es de verdad.

- ¿De verdad? - Carlos dio unos pasos hacia Fernando, que seguía completamente de espaldas a él, mirando por la ventana a través de los bordes difusos del reflejo de ambos en la ventana.- ¿Sabes cuántas notas de suicidio has dejado este año? - la respuesta fue un crujido de la silla cuando Fernando cambió de postura.- Yo sí, me he tomado la molestia de contarlas según venía para acá. Es más, - del bolsillo del abrigo sacó un manojo de papeles arrugados - las he traído: las cinco notas y la última que me has dejado en el buzón.- Después las arrojó contra el respaldo de la silla, quedando desperdigadas alrededor de ésta.

Fernando se inclinó y apoyó los codos en sus rodillas. Su respiración era lenta y pesada.

- Esta vez se acabó - comenzó con la vista fija en el suelo.- Todo va a salir como tengo previsto. No puedo soportarlo más.

- ¿Qué es lo que no puede soportar? ¿Eso que dices en tus notas? ¿Eso de no soportar la idea de la muerte, de no ser capaz de acarrear con la idea de tu propia muerte? ¿Qué clase de poemas adolescentes son esos? Nadie se suicida porque vaya a morir, porque no pueda soportar la muerte. La gente se suicida porque no puede soportar la vida.

Fernando no contestó. Se incorporó lentamente y miró hacia los papeles que Carlos le había arrojado. Después, por un instante, le miró a él a los ojos, en silencio, con las cejas arqueadas y la boca entreabierta, en un gesto entre la admiración y la incomprensión. Luego volvió a girarse y comenzó a caminar hacia la ventana.

- Ven, Carlos, acércate.-

Con un movimiento repentino la abrió. El golpeteo caótico y algodonoso de la lluvia penetró en la habitación. Resoplando con impaciencia y la manos en los bolsillos, Carlos caminó hasta situarse a su lado. Fernando miraba al horizonte, entre la lluvia.

- Hoy voy a saltar, no voy a retrasar más tiempo la muerte - después se giró hacia Carlos y le miró con una expresión extraña en el rostro, fuera de sí.- Y si todos no fuéramos unos locos, si fuéramos realmente lúcidos, haríamos lo mismo, saltaríamos ahora mismo.

Carlos lo observaba con la expresión paciente de un padre hacia el hijo que reclama atención constante.

Fernando se aproximó a la ventana y asomó al exterior la mitad de su cuerpo mientras apoyaba las manos en el alfeizar.

- Son diez pisos - dijo.- Es una altura suficiente.

Después se apartó de la ventana y caminó hacia el interior de la habitación, en silencio.

- Tú no lo entiendes - prosiguió al fin.- No acabas de entender nada de lo que intento explicarte.

- No - reconoció Carlos mientras se giraba para mirarle.- No entiendo por qué haces esto, qué intentas conseguir.
Fernando alzó la vista sin levantar la cabeza.

- Tengo un objetivo, enseñarle algo al mundo: la lucidez, la realidad única y constante de la muerte.

Carlos le miró durante un instante a los ojos. Después sonrió mientras soltaba el aire y se apoyaba cómodamente sobre el marco de la ventana.

- Has leído demasiado a Ciorán y a Heidegger - le dijo.- ¿Me has hecho venir para decirme eso? ¿Para hablarme de tu lectura obsesiva y paranoica de ciertos filósofos? ¿Era eso lo que querías enseñarme?

- No, no era únicamente eso - respondió mientras levantaba la cabeza.- Te he dicho que tengo un objetivo, un destino: volver lúcida a la humanidad, sacarla de su locura. Por eso sé que si alguien se resiste a la lucidez, tengo la obligación de despertarle.

Carlos no tuvo tiempo de reaccionar. Fernando se abalanzó sobre él. El cuerpo de Carlos basculó sobre el marco de la ventana como un balancín infantil. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, la sorpresa y el miedo arrancaron las palabras de su boca. Desde el décimo piso, Fernando oyó el golpe seco de un cuerpo contra el suelo. Después, la lluvia continuó su ritmar caótico y algodonoso.

La policía sólo encontró un cadaver, una ventana abierta, un piso que no pertenecía nadie y varias notas de suicidio.


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sábado, 4 de abril de 2009

Cantos de sirena

Los faros del coche lo deslumbraron un instante y pasaron de largo. Era tarde y no había nadie más en la calle. Caminaba con las manos en los bolsillos y la barbilla protegida por el cuello del abrigo. Sus pasos zigzagueaban ligeramente sobre la acera.
Un ruido a su espalda le indicó que el coche se había detenido. De pronto, su propia sombra comenzó a alargarse lentamente por delante de él. Y cuando parecía que aquel coche iba a volver a rebasarle, fue disminuyendo su velocidad hasta ponerse a su altura. Era un coche de la policía local. Llevaba las sirenas apagadas. Instintivamente comenzó a caminar más lentamente.

― Buenas noches ― dijo una voz desde el asiento del copiloto.
Tanto él como el coche se detuvieron al unísono.

― Buenas noches ― contestó sin sacarse las manos de los bolsillos.
Debían de ser cerca de las cinco de la mañana de un jueves, era diciembre y hacía frío, no era el momento más adecuado para que hubiese alguien caminando por la calle. ¿Qué tenía de raro que la policía le parase? Una cabeza asomó por la ventanilla. Las sombras acentuaban los rasgos de una cara angulosa, joven pero no infantil. Su voz denotaba el respeto indiferente que muestran siempre los falsos formalismos:

― ¿Adónde se dirige?

― A mi casa.

La cabeza emitió un gruñido parecido a un suspiro mientras se meneaba de un lado a otro ligeramente.

― ¿Y dónde se encuentra su casa?

― Allí ― respondió levantando la mano y señalando con el dedo.― En la calle Pio Baroja, número treinta y siete.― Hizo un esfuerzo por vocalizar correctamente tantas erres seguidas.

Vio que la cabeza se introducía de nuevo en el coche; en la penumbra parecía moverse hacia los lados y hacer gestos afirmativos mientras hablaba con el conductor. Después salió nuevamente y lo miró de los pies a la cabeza.

― ¿Ha bebido? ― le preguntó.

― Sí ― contestó inmediatamente. ¿Por qué habría de negarlo? Si se lo preguntaban era porque el otro ya sabía la respuesta. Su pronunciación de las erres le había delatado. De todas formas, no podían decirle nada por andar un poco borracho.
Ninguno de los dos dijo nada más. Él sabía que su papel era únicamente contestar a las preguntas, y la cabeza que asomaba por la ventanilla parecía haberse quedado sin palabras, únicamente dirigía el rostro hacia él, sin que pudieran vérsele los ojos. De pronto, la boca del policía se alargó en una extraña sonrisa horizontal que le afinó los labios. En un acto reflejo él sonrió también.

― Vengo de una fiesta en casa de un amigo y hemos bebido un poco ― ¿por qué no iba a contarle aquello al policía? Él sólo era una persona que se dirigía a su casa. En el fondo debía dar gracias porque aquellas personas pasaran noches en vela para que él pudiera llegar a casa tranquilamente.― ¿Puedo seguir? ― preguntó inclinándose ligeramente hacia delante, convencido de que aquella sonrisa era una señal de conformidad y despedida.

― Un momento ― dijo el rostro de forma tajante mientras volvía ligeramente la vista hacia el interior del coche. Aquella sonrisa cambió por una extraña mueca.― ¿Dónde vive su amigo? ― preguntó volviendo a dirigir su atención hacia él.
― Allí ― contestó señalando en dirección contraria.― En la calle de Max Aub.

El rostro volvió a quedarse mudo, dirigiendo las cuencas de sus ojos hacia él. La cabeza parecía colgar del marco de la ventanilla. Sus labios volvieron a apretarse, pero en esta ocasión él tuvo la sensación de que había hecho mal al interpretar aquel gesto como una sonrisa la primera vez.

― Bueno ― comenzó él tratando de romper el silencio.― Buenas noches ― y nuevamente volvió a bascular su cuerpo hacia delante con intención de continuar su camino.

― Un momento ― volvió a repetir la cabeza, tras la cual una figura pareció agitarse incómoda.― ¿Me permite su documentación?

Decidió que debía mostrarse distendido, demostrar que no tenía nada que ocultar, así que sacó la cartera de su bolsillo y avanzó hacia el coche de policía con el DNI en la mano. Era obvio que algún motivo debían tener para mostrarse de aquella manera, habrían visto algo recientemente que les habría hecho desconfiar de un extraño que caminaba solo, algo borracho, a las cinco de la mañana.

Una mano apareció entre la cabeza y la puerta del coche y cogió la tarjeta plastificada que le tendía. El policía la cogió pero ni tan siquiera la miró; en cambio, seguía con la vista fija en él. De pronto quiso salir de allí, escapar corriendo, no le importaba que tuvieran su DNI y pudieran localizarle en cuestión de minutos. Pero su cuerpo no le respondía, algo le ataba a aquella situación. Quizá la autoridad que ejercía sobre él aquella sirena apagada, o quizá la mirada vacía que le hipnotizaba.
Hizo ademán de volver a coger el DNI, pero la mano del policía fue más rápida que la suya y lo apartó repentinamente. Entonces él, sin pensar, giró sobre sus talones y comenzó a caminar. El coche empezó a avanzar al mismo ritmo. De la ventanilla colgaba aquella mano, con su DNI sujeto, y la cabeza que le observaba con los labios apretados.

― ¿Vas a subir al coche? ― le preguntó la cabeza.
Entonces, procedente del interior del automóvil, oyó una risilla aguda que le heló la sangre. Sus pasos se precipitaron en una carrera frenética. El coche aceleró persiguiéndole por la carretera a su misma altura. Giró en una calle mientras el auto lo perseguía sin encender la sirena y con aquella cabeza colgando de su lateral. Volvió a girar otra esquina y luego otra. Después corrió calle abajo y, sin saber muy bien lo que hacía ni donde se encontraba, saltó una verja metálica. Corrió mientras el sudor le enfriaba la espalda. Luego saltó otra verja y se introdujo como pudo por un estrecho hueco que dejaban los tabiques de dos casas.

La calle volvía a estar en silencio. Únicamente se oía su respiración entrecortada. Se limpió el sudor de la frente mientras se giraba a mirar por dónde había venido. Era imposible que lo hubieran seguido: un coche no cabía por ninguno de aquellos sitios. Respiró profundamente y giró sobre sus talones para marcharse.
Tropezó porque se giró demasiado deprisa. Porque miró hacia atrás en lugar de hacia delante. Porque al no tener la sirena encendida nada delataba al coche de policía.

― ¿Vas a subir al coche?


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