miércoles, 16 de mayo de 2012

Inmóvil

Niños que deshacen su reflejo en los charcos. El sol resquebrajando los edificios de Madrid. Es Mayo y ayer llovió. No recuerdo la última vez que estuve triste y hace tiempo que dejé el colegio. Antes de las nueve el día siempre es un horizonte abierto. Arturo Soria es una de las pocas calles de Madrid que aún no se ahoga sobre sí misma. Tengo tiempo para llegar al trabajo y lo pierdo inútilmente esquivando los charcos.

Los semáforos pautan mi ética. Me muevo a su ritmo sin saber qué los mueve a ellos. Circuitos bajo tierra que se entrelazan, canales de impulsos nerviosos que provocan reacciones aquí o allá. Semáforos que cambian de color, farolas que se apagan, movimientos de personas, traslaciones. Las aceras como una gran epidermis donde se manifiestan las reacciones químicas internas. Madrid respira sin moverse. Gira sobre sí mismo como una inmensa rueda cinética.

Camino a ciegas, con finalidades pero sin estímulos. Ni siquiera sé si podría haber razones a favor o en contra de lo que hago. Lo hago y dentro de mí no siento voluntad de hacerlo. Tampoco la busco. Las hojas de los árboles son verdes.

Un ruido. Un grito. Un chirrido. Olor a goma quemada. Un frenazo a mi espalda seguido de insultos y voces inconexas. Giro sobre mis talones en un círculo perfecto. La tierra entera rota sobre mi propio eje y me encuentro de frente con los hechos. Una inmensa furgoneta gris está detenida en el centro exacto de la calzada, justo después de girar la esquina desde la calle principal. Un coche blanco ha estado a punto de chocar con ella al hacer el giro y ahora sus conductores gritan y agitan los brazos por la ventanilla. Parece un inmenso animal panza arriba que sacude sus patas intentando darse la vuelta. En la furgoneta no hay nadie. Es tan solo una inmensa mole de chapa que vibra con el motor encendido y que pestañea con sus luces de emergencia.

El ritmo se ha quebrado. Quienes salían del centro comercial se han detenido y miran la escena por encima de su hombro derecho. Los que continúan caminando han dejado de mirar por dónde van sus pasos y retuercen el cuello como si fuera un órgano independiente del cuerpo. Los niños dejan de distorsionar los charcos y yo estoy mirando en dirección contraria a donde en un principio me dirigía. Entonces, otro coche gira la esquina y sus ocupantes no ven los dos vehículos detenidos. Nuevamente un frenazo, más brusco, más sorpresivo aunque sea esperado por quienes admiramos la escena. Expresiones de sorpresa, susto e incluso decepción cuando los parachoques no colisionan entre sí. Nuevos gritos, palabras insultantes. Más bichos panza arriba.

El copiloto del último vehículo abre la puerta y asoma el tronco dejando una rara imagen como si de una persona sin piernas se tratara. Agita su brazo derecho en el aire justo en el momento en el que un tercer coche tuerce la esquina y choca sin que le dé siquiera tiempo a tocar el freno. El copiloto, dolorido por el impacto por clavarse el marco de la puerta en el pecho, se gira hacia el recién llegado y se apea del automóvil. Entonces alguien grita y un cuarto vehículo se encaja perfectamente en ese tren inmóvil. Mientras tanto, las luces de emergencia de la furgoneta siguen guiñando a un ritmo imperturbable.

Es en ese momento en el que el conductor del primer coche, que debido a la transmisión del choque, ha sido empotrado contra la furgoneta inmóvil, abandona su vehículo y llama la atención del copiloto que ya avanza con el puño en alto hacia el último de los coches de la fila. Un transeúnte saca del bolsillo su teléfono móvil y hace una fotografía de la escena utilizando el flash. Con ello consigue deslumbrar a la mujer copiloto del segundo coche que gira su cabeza hacia él y le increpa con un agresivo movimiento de barbilla.

Yo permanezco como un espectador más de la situación. Ni siquiera observo, tan solo contemplo. Son más de la nueve y el sol comienza a trazar un semicírculo utilizando como radio la línea de vehículos estrellados. A mi alrededor el volumen de la voces va en aumento y los pájaros han desaparecido. El semáforo continúa marcando su ética tricolor aunque nadie le preste atención. La furgoneta gris, como una inmensa mole de chapa, permanece clavada al asfalto, su cabina completamente vacía, el motor encendido y las luces de emergencia constantes. Animal inerte. Causa de todo.

La puerta del copiloto del segundo vehículo se abre y un brazo desde el interior impide a la mujer salir del coche. El transeúnte se guarda el móvil en el bolsillo y comienza a girarse hacia el lado opuesto cuando otros dos estallidos metálicos hacen patente el choque de dos automóviles más. Y después otro. Y luego otro. La fila ya dobla la esquina y comienza a atascar la vía principal. El aire se llena de alaridos de claxon e insultos. El copiloto del segundo vehículo llega hasta el que en su momento fue el último, agarra el limpiaparabrisas y lo retuerce mientras aprieta los dientes. Ése es el instante en el que lo alcanza aquel piloto que fue el primero en llegar. Toca en el hombro al violento y, sin mediar palabra, éste se gira sobre sí mismo y lanza un puñetazo al aire que se estrella contra la barbilla del conductor pacifista. Éste último cae al suelo, fulminado, carente de conciencia para el resto del día.

Entonces, todas las puertas de los coches se abren y desde el cielo la fila de vehículos parece un enorme ciempiés metálico aplastado contra el asfalto. Los ocupantes de los coches salen y corren hasta el lugar donde ha sucedido aquella reacción desproporcionada para su causa. Más gritos y amenazas. Un nuevo flash surge de la multitud y de alguno de los coches de la interminable fila sale un individuo que se abalanza sobre un peatón. Se oyen golpes sordos y a lo lejos se perciben los ecos de una sirena. En la calle es tal la algarabía que ya no se distingue ninguna palabra.

Varias personas se han echado encima del conductor agresivo y éste se sacude de un lado a otro como quien ha pisado un hormiguero de hormigas carnívoras. Continúan oyéndose choques metálicos periódicamente. Nuevos accidentes se suman a la cadena. La pelea se agrava cuando algunos intentan poner paz y acaban defendiendo de sus agresores a quien parecía haber sido un piloto agresivo. Y de pronto alguien salta sobre el cuarto vehículo en llegar y de una patada rompe la luna delantera. De pronto se han formado dos bandos. Algunos estiran sus brazos para intentar agarrar a aquella persona que ahora salta sobre el techo del coche. Otros, que parecen confraternizar con él, rompen a patadas los retrovisores y revientan el cristal de las ventanas.

Las manos en los bolsillos. Contemplo la batalla. Hay un eco de sirenas que las voces acolchan. Observo la furgoneta. Vacía. Motor encendido. Inmensa mole maciza. Presente antes que cualquiera de nosotros. Animal inerte. Sin propósito. Causa de todo. Y mientras me doy la vuelta pienso que, de existir un dios, seguramente actuaría de este modo.